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por Isabel Batteria
Aunque no vea nada, sigue cumpliendo años.

Aunque no vea nada, sigue cumpliendo años.

Una vez, en casa de mi mejor amiga, cuando tenía quizás 6 años, la mamá me preguntó si prefería espaguetis de lata o hechos en casa. Quizás por la falta de costumbre, me parecían los de lata más sabrosos. Pero dije que quería los hechos en casa, porque mi mamá no me daba comida de lata; ella decía que tenían demasiados preservativos y que no eran saludables. Escogí los hechos en casa porque pensé que era lo correcto, porque, aunque sabía que mi mamá nunca se enteraría, y aunque yo sabía que no me iba a morir por comer los enlatados, seguir los preceptos de mi mamá me parecía lo correcto.
Dar seguimiento a las cosas es difícil. Tengo una pila horrífica de cosas por hacer, y se me ocurre convertirla en pira: levantarme por la mañana, detener el tiempo por ocho horas, volver a ponerlo en marcha cuando es muy tarde para todo. Me acabo de dar cuenta de que mi camisa blanca tiene una mancha circular de algún líquido marrón, y me autoflagelo por el despiste. Mientras tanto, el anular me duele, artríticamente. Me pregunto si le estoy cortando la circulación, si la sangre no le está llegando al cerebro al anular. Se me va a caer ese dedo, y entonces no tendré mano para recoger. Sí para escribir. El símbolo debería llevarse siempre en la mano inútil.
(Escrito hace aproximadamente dos meses. Para saber por qué no se ha publicado hasta ahora, releer escrito).
No quiero tener sexo con jovencitas mientras estoy bajo los efectos de Ambien, ni abortar con Xanax. Ni quiero saber dónde puedo conseguir efedrina brasileña. Pero la jamonilla de Valtrex, en estos momentos, me toca con violencia y me hiere.
Es imposible seguir viviendo así. Cada despedida de año, cruzo la calle de vuelta a casa cagada del miedo y me muevo por la casa en cuclillas desde que aprendí que los proyectiles atraviesan las persianas. Cada 31 de diciembre es la guerra. Cinco personas heridas este año, sin merecerlo. ¿Cómo es posible que el gobierno no se haya dado cuenta de que le está permitiendo a gente tan bruta tener armas? ¿Cuándo es que se va a abolir el derecho a portar armas en este país? Sé que nadie me va a hacer caso ni le hará caso a nadie que lo proponga, pero mientras no podamos rastrear a los cabrones para empalarlos, “the next best thing” es quitárselas a todo el mundo.
He estado aguantando unos años, pero el recuerdo de lo que usted hizo a veces me visita, y tengo que decirle la verdad en la cara. Usted es tan bruta que me provoca jamaquearla, me dan ganas de gritarle y se me antoja revolverle la casa y tirarle todo al piso.
Señora, la próxima vez que usted vea a un maleante destornillar las ventanas de su vecina, no llame a su vecina todo el día. Un trocito de información útil: si nadie lo coge, lo más seguro es que no haya nadie en la casa. Mejor llame a la policía, so morona.
Gracias, y feliz Navidad.
Con los años me he dado cuenta que no hay que tratar de romperse la cabeza encontrando un regalo sustancial para cada persona de la vida. A veces, con una bolsita de merenguitos o una latita con chocolates uno queda más que bien. Con frecuencia, uno queda mucho mejor no regalando nada. Es mejor andar solo que mal acompañado, ¿no?
El mejor ejemplo: hace unos años, mi tía le regaló a mi mamá un libro. Mi tía pensó: “Pues, es una profesora de español, de seguro querrá un libro.” Buscó en su casa y le regaló una traducción de Danielle Steel (!) que yo la había visto leer ese mismo año una vez que habían hospitalizado a mi abuela. Esa es la misma tía que, cuando yo era pequeña, me regaló un suéter al que ella misma le había mal cosido una etiqueta de Saks Fifth Avenue. El suéter era bonito, no había necesidad de la falsa pretensión, pero ella es ella.
Hace dos años, le conseguí a mi mamá unos ‘bowls’ en Marshall’s que me parecieron bonitos. Pero a ella, no tanto. Cuando los vio, me dijo: “Mira, en verdad no creo que los use, mira a ver si los puedes devolver.” A mí sí me gustaban, así que me los quedé.
Esta mañana, desperté en duermevela. Esa contradicción es posible cuando se tiene el flu y se está bajo la influencia de algún medicamento legal para combatirlo. El primer mensaje en mi correo electrónico era de mi lectora y amiga virtual Ivonne Acosta, sin la cual jamás me hubiera enterado de que este, mi blog, había sido mini reseñado en la sección Letras de Así del Primera Hora de hoy. Salté de mi cama como un cohete de año nuevo y fui a comprarlo al colmado de la esquina. Confirmé el chisme. No puedo creer que tal cosa haya pasado, aunque sospecho quién está detrás de ello. Y le doy las gracias desde lo más profundo de mi corazón.
Todos los blogueros, pendientes. Ya han aparecido ahí otros amigos. En cualquier momento, podría ser TU blog.
O al menos eso creen los penepés cuando escriben algo. Que lo que escribieron se borrará en un tiempo. Este mensaje se autodestrirá en cinco segundos. O que la boca no tiene que ver con el resto de los músculos; que por ella puede salir cualquier cosa y no tienen que hacer lo que dicen que harán. Porque todos sabemos lo que hizo la administración de Rosselló en su segundo cuatrienio, la época en la que él me andaba mandando cartitas de felicitación por haberme graduado de escuela superior, la época en la que se robaron muchísimo dinero mientras a mis libros de escuela pública había que tratarlos como material radioactivo y rollos antiguos del Mar Muerto a la vez, la época en la que le quitaron los $40 millones a la UPR.
Ya he tenido dos roces con las despromesas penepés. Mara me da la idea: he aquí la respuesta verbatim de Kenneth McClintock cuando envié mi e-mail pidiéndole a los senadores que votaran en contra de cambiar la constitución para clavar a cualquiera que no le dé la gana de casarse pero quiera formar una familia de todos modos, incluyendo a los homosexuales y lesbianas, quienes por ley no pueden hacerlo (o sea, no tienen otro remedio).
Gracias por compartir conmigo tu opinión en torno a la Resolución Concurrente del Senado 99.
Cuando dicha medida se llevó a votación en la Comisión de Gobierno hoy, NO le voté a favor, como NO le votaré a favor cuando se traiga ante la consideración del pleno.
Sí apoyaré las dos enmiendas constitucionales sobre el derecho a servicios de salud y la autonomía municipal.
Una vez más, gracias por compartir tu opinión conmigo.
Saludos,
Kenneth D. McClintock
Ahora, tengamos bien claro qué fue lo que terminó haciendo. SE ABSTUVO. Se acobardó. Es cierto: en este mensaje él no promete votar en contra, sino no votarle a favor. Estoy segura de que él había decidido lo que haría semanas antes. Pero lo cortés no le quita lo cobarde.
Y yo no compartí mi opinión con él. Yo le pedí que votara en contra. ¿No es así que funciona la “democracia”? ¿Que los legisladores representan el sentir del “pueblo” y lo ejecutan? O sea, ejecutan el sentir del pueblo, no al pueblo, aunque a ellos les convendría más la sintaxis accidentada.
Vi ayer en un noticiero una noticia que resulta ser de hace más de un años (alabados sean los medios que publican sin verificar, amén). Era sobre el Zoológico de Tigres de Sriracha, en Tailandia, en el que parece ser costumbre mezclar tigres y cerdos, para que una especie críe o amamante a la otra, en la mejor tradición de los folletos de los Testigos de Jehová sobre el Paraíso. Las imágenes que he puesto debajo, sacadas de Say No To Crack, son fotografías de la feliz familia mixta que salió en el noticiero
En la entrada de ese mismo blog donde aparecen estas fotos, y en los vídeos de You Tube de estos animales, mucha gente discutía que eran animales en cautiverio y, por lo tanto, infelices y abusados (posible, pero fuera de contexto); comentaba cosas como el hecho de que ese zoológico sólo buscaba aumentar los ingresos haciendo estas mezclas curiosas y aberrantes; y que los cerdos con los cerdos y los tigres con los tigres. Algunos individuos incluso ofrecían vomitar ante las imágenes que bordean en lo cursi.
No me sorprenden. Así mismo piensan los xenófobos y los intolerantes con prejuicios que inundan el mundo y nuestro país. No pueden “live and let live” ni pueden entender o aceptar algo bonito por sí solo. Los animales más salvajes entienden mejor que muchos seres humanos lo que es la aceptación y el derecho de vivir y ser.
Viendo a la Primera Dama a unos metros de mí, se me ocurre que ella representa y sustituye al Gobernador más que el Secretario de Estado. Ella trae la esencia del tipo. A lo mejor tiene pegado a la camisa un pelo de su esposo; en su mejilla, rastros de saliva del beso de despedida. Comparte su cama con el Gobernador. Cuando acaba el día, conversan:
–Fui a esa premiación hoy.
–¿Te pusiste una camisa roja?
–Por supuesto.
–¿Qué tal estuvo?
–Muy bonita. El mensaje que me escribieron estaba muy bonito; todo el mundo aplaudiendo.
O quizás su conversación es diferente:
–Fui a la premiación esa hoy.
–Qué bueno que te vestiste con esa camisa roja. Total, nadie va a saber si es por el día del SIDA, por las Navidades o por el fuego popular.
–Sí, pero para la próxima, me pongo una camisilla debajo; casi se me sale una teta en la recepción.
–¿Qué tal estuvo?
–El discurso que me escribieron estaba medio corto. Tuve que hablar bien lento para que rindiera. Al final, sólo duró 15 minutos.
–Deja que los coja mañana.
–Mientras yo hablaba, había un cabrón mandándome a callar desde el público, unas niñas hablando y una loca tejiendo. Y las frutas de la recepción me dieron diarrea.
Axel nos hace llegar en su último post de La Grannada un pedazo de un artículo de El País sobre la biblioteca de Cortázar. Si uno se emociona y se pone a leer el artículo completo, y lee lo siguiente de la susodicha biblioteca: “Más la de alguien que lee por puro placer que la de un profesional de nada: ni de la escritura ni, por supuesto, de la lectura.”, se da cuenta de que no existen los “guilty pleasures”, sino simplemente los “pleasures”.
¿No es ridículo sentirse culpable por pensar que En el tiempo de las mariposas es uno de los libros más emocionantes que he leído y que disfruto los libros sobre mujeres de otras culturas, como Sultana? ¿Negar mi romance con Stephen King?
¿No es un peo tener que soportar que haya quien le diga a uno cuáles escritores hay que leer y cuáles no?
No hay que dejarse amedrentar por “los que saben”, sino escuchar a los que saben. Hay que saber distinguirlos: los primeros vienen con imposiciones; los otros, con sugerencias. A “los que saben”, Julio y yo les sacamos la lengua.
Anoche, le envié un correo electrónico a algunos senadores para que se opusieran a la enmienda a la constitución que prohibiría el matrimonio entre personas del mismo sexo. Como a la media hora, a las 11:30 p.m., me contestó McClintock. Me dijo que estaba en contra, y que gracias por compartir mi opinión con él. O al menos eso decía el mensaje que sospecho fue redactado como respuesta automática a todo el que le escribiera sobre el asunto.
Me recordó un suceso similar. Cuando me gradué de escuela superior, Rosselló era gobernador. Se le envió a los graduados una carta de felicitación por haber “logrado ese paso, bla bla bla”. Era una fotocopia; uno miraba el papel a contraluz y notaba que la tinta no sangraba. A manera de experimento, le contesté. Le agradecí el gesto y le dije que apoyara más la educación. Un alicate me contestó. Un alicate con destrezas artísticas, porque esta vez la firma de Rosselló (que es tan PNP que hasta los ojos y la piel los tiene azules, ¿se han fijado en el color azul grisáceo de su piel?) sí se ramificaba microscópicamente en el papel. La carta aludía a lo que yo había escrito.
Ambas experiencias me han enseñado algo: quizás por las deficiencias en todo lo demás, los penepés tienen mejores relaciones públicas que los demás. Uno quiere pensar que le hacen caso. Complacen en estas formas pequeñas para que uno se sienta bien y se olvide de las formas grandes en que nos clavan. Pero aun así, es una lección que los demás podrían aprender para fortalecer sus buenas causas.
Mientras espero la guagua número uno, un hombre me pasa por el lado. Camiseta anaranjada, pelo anaranjado. Se parece a Donald Trump. Pero un Donald Trump acabado, como sería Donald Trump si no tuviera dinero y viviera en Puerto Rico. Cruzo los brazos sobre el pecho. Aun así, me mira. También me miran los obreros que trabajan en el local que fue la tienda de ropa punk hasta el viernes. Siempre me ha parecido que mirar mujeres es parte del “job description” de los obreros de construcción. Si están en un piso alto, protegidos de carterazos y ayudados por la miopía obligatoria de varios pisos de altura, es su deber gritarle a dichas mujeres.
Llega la guagua número uno; cuando llego a la parada donde tomaré la guagua número dos, el hombre de la camisa anaranjada y el pelo anaranjado está allí. Aparentemente, caminó hasta allá mientras yo esperaba. Trato de no hacer contacto visual, miro hacia abajo. Me recuesto de una columna lejana y leo.
Tomo la guagua número dos. Llego a mi destino. Resuelvo mi diligencia y, en una hora, comienzo el proceso inverso del regreso. Me monto en la guagua número dos, y sí, también en ella regresa Donald Trump. Temo que me confronte, que me acuse de seguirlo. La verdad, no me fijé si se bajó o cuándo; le perdí el rastro cuando me senté en la cocina de la guagua.
En la guagua número uno, me ofrecen un asiento, que no es de nadie de todos modos, a condición de ser cristiana. Pero esos son otros veinte pesos.
romaine toadfish’s
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