domingo, 30 de diciembre de 2007

Estimada Ex Vecina:

He estado aguantando unos años, pero el recuerdo de lo que usted hizo a veces me visita, y tengo que decirle la verdad en la cara. Usted es tan bruta que me provoca jamaquearla, me dan ganas de gritarle y se me antoja revolverle la casa y tirarle todo al piso.

Señora, la próxima vez que usted vea a un maleante destornillar las ventanas de su vecina, no llame a su vecina todo el día. Un trocito de información útil: si nadie lo coge, lo más seguro es que no haya nadie en la casa. Mejor llame a la policía, so morona.

Gracias, y feliz Navidad.

martes, 6 de noviembre de 2007

En Santurce

Entre Taft y Diez de Andino
por Isabel Batteria

Mientras espero la guagua número uno, un hombre me pasa por el lado. Camiseta anaranjada, pelo anaranjado. Se parece a Donald Trump. Pero un Donald Trump acabado, como sería Donald Trump si no tuviera dinero y viviera en Puerto Rico. Cruzo los brazos sobre el pecho. Aun así, me mira. También me miran los obreros que trabajan en el local que fue la tienda de ropa punk hasta el viernes. Siempre me ha parecido que mirar mujeres es parte del “job description” de los obreros de construcción. Si están en un piso alto, protegidos de carterazos y ayudados por la miopía obligatoria de varios pisos de altura, es su deber gritarle a dichas mujeres.

Llega la guagua número uno; cuando llego a la parada donde tomaré la guagua número dos, el hombre de la camisa anaranjada y el pelo anaranjado está allí. Aparentemente, caminó hasta allá mientras yo esperaba. Trato de no hacer contacto visual, miro hacia abajo. Me recuesto de una columna lejana y leo.

Tomo la guagua número dos. Llego a mi destino. Resuelvo mi diligencia y, en una hora, comienzo el proceso inverso del regreso. Me monto en la guagua número dos, y sí, también en ella regresa Donald Trump. Temo que me confronte, que me acuse de seguirlo. La verdad, no me fijé si se bajó o cuándo; le perdí el rastro cuando me senté en la cocina de la guagua.

En la guagua número uno, me ofrecen un asiento, que no es de nadie de todos modos, a condición de ser cristiana. Pero esos son otros veinte pesos.

lunes, 16 de octubre de 2006

Llantas

Entre Taft y Diez de Andino
por Isabel Batteria

No sé por qué, pero pasan por mi casa muchos carros con una llanta vacía. Cerca hay una gasolinera, pero no tan cerca como para oír un carro al día, arrastrando el cadáver, sacándole el jugo lo más posible, rogando que no se dañe el aro. Por mi otra casa pasaban también, porque en la misma esquina hay una gasolinera (la misma que queda cerca de donde vivo ahora), pero me sorprende que sea aquí donde más me visitan.

Esta semana cumplo un año desde que me mudé. Todavía descubro y documento nuevos ruidos. Los ruidos son, para mí, una característica importantísima de donde uno vive, una parte de su esencia. En la Taft, tenía pájaros todo el día; coquíes y grillos toda la noche. Perros irritantes y gatos en celo. La lluvia cayendo estrepitosamente sobre las hojas muertas. El murmullo lejano de la tele de mi mamá, allá en su cuarto. La campana falsa de la iglesia San Jorge, avisándome la hora en los fines de semana.

Acá, los pasos de los peatones que caminan sobre las placas del alcantarillado, que quedan en la acera, justo frente a mi balcón. Niños gritándose cabrón y pendejo. Ambulancias dando reversa en el edificio de los viejitos, al frente (piiip, piiip, piiip, piiip). Los vecinos teniendo sexo de lunes a viernes a las 10 p.m., un poco más temprano los sábados. El camión de Payco todos los días a las 6:30 p.m. El rumor del abanico de techo. La campana de la iglesia San Jorge, a la que no tuve que renunciar. In excelsis Deo.

Y las llantas delirantes. Las llantas, con las que puedo contar varias veces a la semana. Por esa consistencia, se han convertido en parte de esta casa. Me pregunto si soy la única que documenta los ruidos de su casa como quien anota en la pared la estatura de sus hijos según van creciendo.

lunes, 12 de diciembre de 2005

Un intelectual en mi casa

La otra noche pasé por mi casa. Pasé por lo que llamaré siempre mi casa, como se le llama a la casa de los padres aunque uno ya no viva ahí. Mis padres no viven en esa casa, pero quizás fue tan padre y madre como ellos. La luz estaba encendida. Era una luz distinta; en vez de la iluminación fría que le pusimos a todos los cuartos, era gris, azul, opaca. Me subí al murito y vi a un hombre sentado de espaldas a la ventana en una mesa en el medio de la sala. Donde teníamos el chinero, había puesto un mueble similar. No vi más muebles. El hombre tenía una calva en el medio de la cabeza. Sospecho que tenía barba; era el tipo de calva que tiene un barbudo. Quise pensar que era un intelectual que prescindía de todos los demás muebles y vivía una de esas vidas parcas de intelectual.

Hace dos noches, llevé a Axel para que lo viera. Esta vez, él se subió al murito. Dice que vio a una mujer. Eso cambia las cosas. El intelectual está casado, ya no es lo mismo. La vida parca de intelectual es menos probable. Comprar comida no es una opción. Una mano femenina le dará color a la casa en algún momento. Espero que haya sido sólo una visita.

lunes, 17 de octubre de 2005

Debut y despedida

Hace 20 años, cuando la casa estaba aún vacía, me dieron ganas de orinar. Mi mamá me dijo “Ve, estrénala”, y, rebosante de alegría, oriné por primera vez en lo que ya era mi casita. Entonces fui la primera, y sé que ahora fui también la última. Me quedé sentada más tiempo del necesario, grabando en mi mente el paisaje verde, tal y como lo vi la primera vez: el lavamanos del frente, la ducha, ya sin cortina, a la izquierda, el papel a la derecha, la palanca que no baja del todo. Mi cuarto fue azul, fue crema de mi abuela, fue rosado. La sala fue violeta, fue blanca (“bone white”, corregía mi mamá). El pasillo fue eternamente crema.

Esta mañana, antes de ir al trabajo, pasé por mi vieja casa. Sabía que los recogedores de basura debían haber pasado, puntuales, a las 5:30 a.m., pero tenía esperanzas. No quedaba nada de lo que había botado el día final. El piso parecía zona de emergencia. Desperdigados estaban los papeles y pequeñeces rotas que se escaparon de las cajas y nadie se dio el trabajo de recoger. Parecía un tapiz. Pude identificar la época a la que perteneció cada uno de los objetos que yacían. Eso era lo que quedaba de mi antigua vida. Basura desperdigada en la acera. Ahora hay que apechugar y seguir adelante.

domingo, 16 de octubre de 2005

Despedimos al patio y a los arcos, depuis 20 ans

A punto de apagar la última luz, mi mamá me dijo que se había despedido de la casa, sobre todo del patio, y me preguntó si me había despedido del patio. Le dije que sí, en la tarde. Le había dado una vuelta, admirando los nuevos retoños de palma. Antes, había tanto follaje en el patio que yo hacía casitas entre los árboles. Una gran porción de mi infancia la pasé entre los troncos, jugando hasta al Zorro, como cualquier niño de los cincuenta. Me dolió cuando talaron los árboles. La vecina vieja de arriba, la madre de “Los trofeos”, barría todos los días las hojas que caían de los árboles grandes a los que no le pudieron meter mano. Pero desde que ella se fue, nadie lo hizo más. De la palma caían cocos a diario. Mi cuarto daba al patio y a cada rato escuchaba en las noches algún coco caer como guanábana mientras yo pensaba en lo oportuno de que no hubiera nadie afuera en ese momento. Sobre las hojas en descomposición se posaban los cocos y nacieron de ellos pequeñas palmas, ahora medianas, fuertes y arraigadas. Este patio todavía tiene esperanzas, pensé entonces, qué pena que yo no lo vea reflorecer. Nunca me hubiera querido enterar luego de que la nueva dueña lo que quiere es demoler el edificio para hacer uno nuevo y más moderno. La gente ya no le tiene paciencia a los arcos de medio punto, a las paredes sólidas centenarias, a los quenepos, palmas y flamboyanes.

Cuando apagó la luz, dijo: “Bueno, ya.” Y añadió algo así como “se cierra este capítulo”. Vino donde mí y me abrazó. Lloramos un poquito. Siempre pensé que sería más fácil para ella, porque estaba acostumbrada a despedirse. Pero, ahora que lo pienso, ella nunca había dejado pasar tanto tiempo entre despedidas.

Cuando yo armaba casitas de muñecos con ladrillos sobre la tierra del patio, jamás se me hubiera ocurrido que me iría algún día. En las dos veces que estuve a punto de mudarme y las mil veces que mi mamá me dijo que me mudara, aun entonces lo veía tan distante, como algo que yo no necesariamente tenía que hacer. Cuando veía un apartamento de alquiler barato, en el fondo pensaba en mi mamá, no en mí. Yo podría quedarme en casa, criar a mis hijos y morir ahí.

Otra gente se va de sus casas y deja a su familia sin ningún miramiento. ¿Qué me falta a mí para hacerlo igual? Una casa es un pedazo de piedra gigante. Pero por muchos años guardé piedras en una canasta.

jueves, 6 de octubre de 2005

The landlady is pushy

Mi mamá trae dos o tres cajas todos los días. Ya ha vaciado el chinero y sus gavetas. Está ansiosa. Yo no he hecho nada. A las 10 ya estoy en la cama. Simplemente he optado por no recoger la casa. En vez de poner las cosas en su lugar de nuevo, las dejo tiradas por ahí. En la sala viven los pantalones que me quito en la puerta y las carteras de las últimas semanas. La basura ya no llega al zafacón. Llueve y no hay cajas en la calle.