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por Isabel Batteria
Aunque no vea nada, sigue cumpliendo años.

Aunque no vea nada, sigue cumpliendo años.

Una vez, en casa de mi mejor amiga, cuando tenía quizás 6 años, la mamá me preguntó si prefería espaguetis de lata o hechos en casa. Quizás por la falta de costumbre, me parecían los de lata más sabrosos. Pero dije que quería los hechos en casa, porque mi mamá no me daba comida de lata; ella decía que tenían demasiados preservativos y que no eran saludables. Escogí los hechos en casa porque pensé que era lo correcto, porque, aunque sabía que mi mamá nunca se enteraría, y aunque yo sabía que no me iba a morir por comer los enlatados, seguir los preceptos de mi mamá me parecía lo correcto.

Hoy fue un buen día, ¿no? Mañana, ya veremos.
Habrá quien note un pelo corto blanco sobre mi camisa negra. Y me preguntará:
–¿Tienes un perro?
–No.
–¿Gato?
–No, ¿por qué?
–Un pelo blanco.
–Es de mi abuela.
Fotos: Isabel Batteria en Carolina
Evitan el mal olor y el desgaste prematuro de mi ropa interior y me permiten usar los pantalones 30 veces sin tener que lavarlos. Nosotras 25 días al mes; muy finas para los otros caóticos cinco. Hace tres días se me acabaron y no he tenido la oportunidad de ir a la farmacia a comprar más. Hoy las necesitaba y recurrí a otra marca escondida en mi ropero, que no había querido gastar porque cada una está envuelta individualmente y pensé guardarlas para cuando necesitara protabilidad. La marca era Ellas.
Lo primero que pensé es que Ellas estaba en desventaja en relación a Nosotras. O sea, Ellas se refiere a las mujeres desde afuera, mientras que Nosotras es parte de… bueno, nosotras. ¿Será que Ellas la fabrican hombres?
Quién sabe. Resultaron difíciles de abrir. El papel que cubre el pegamento no se salía del todo; se rompía y dejaba pedazos como cuando uno trata de sacarle la etiqueta a una botella de cristal. La toalla en sí parecía papel; casi se podía ver a través de ella. El relleno era dudoso y casi inexistente. Lo único que puedo pensar es que, en verdad, quienes fabrican Nosotras son más sensibles que Ellas con respecto a las necesidades de ellas, o sea, nosotras.
Siempre he dicho que uno le saca algo a todo el que en algún momento fue importante en su vida. En mi caso, particularmente la música. Todo el que tuvo un papel no ignorable a mi vida me trajo uno o más músicos que han dejado marca. No hay excepciones. Por lo general, de esas personas, esas abejas de polen pentagrameado, tengo buenos recuerdos, aun en los casos de malos finales. Porque ustedes comprenderán que es difícil dejar que alguien que uno odia o con quien simplemente no hubo compenetración influya en algo tan importante como la banda sonora de la vida.
En cambio, son pocos los libros que me llegan en manos de alguien. Quizás he leído sólo 5 libros en mi vida porque alguien me los recomendó. (Hasta ahora, claro.) Los otros 295 han llegado por sus propios pies.
Lo que me extraña es que uno de esos cinco libros solitarios, y para colmo uno de los más sorprendentes que he leído, me haya llegado por la vía de una persona que resiento (y casi odio) cada vez que me la encuentro.
Hace poco terminé The Curious Incident of the Dog in the Night-Time, de Mark Haddon. Al hojearlo uno se tropieza con diagramas que nos recuerdan a, qué sé yo, La tabla de Flandes (uy) o una novelita de la línea de El código DaVinci (triple uy). Pero esta historia de un adolescente autista, contada en primera persona, me impresionó. El cerebro del niño no permite la subjetividad; todo es literal. Y quizás por esa literalidad es que su ingenuidad resulta en una gran riqueza de imágenes. Claro que el crédito no es para el niño autista, sino para el escritor. Lo mejor es que es una obra bastante completa: hay sexo, violencia, intrigas, mentiras y un excelente e inesperado punto culminante, de calidad y sorpresa comparables a los puntos culminantes de Paul Auster, que es mi dios literario.
Esta novela me la recomendó un gerente de Borders que me llamaba al teléfono portátil que llevábamos los empleados cuando yo estaba en el baño, para preguntarme dónde yo estaba y qué hacía; que un día me hizo llorar porque llamé para no ir a trabajar por enfermedad; que recomendó, según las malas lenguas, a Gabriel García Márquez como un buen escritor puertorriqueño; y que hizo un par de cosas más de las cuales no me quejaré ahora porque, con la distancia temporal, han perdido la importancia que tenían cuando me las hizo y ya he superado. Sin embargo, no puedo dejar de sentir una puyita cada vez que lo veo, trepado en la escalera con una libretita como un capataz.
Y tendré que entender que es una nueva experiencia en mi vida, una situación compleja a la que no me había enfrentado antes.