jueves, 21 de agosto de 2008

Lo saludable

Exhibicionismo, Recuerdos
por Isabel Batteria

Una vez, en casa de mi mejor amiga, cuando tenía quizás 6 años, la mamá me preguntó si prefería espaguetis de lata o hechos en casa. Quizás por la falta de costumbre, me parecían los de lata más sabrosos. Pero dije que quería los hechos en casa, porque mi mamá no me daba comida de lata; ella decía que tenían demasiados preservativos y que no eran saludables. Escogí los hechos en casa porque pensé que era lo correcto, porque, aunque sabía que mi mamá nunca se enteraría, y aunque yo sabía que no me iba a morir por comer los enlatados, seguir los preceptos de mi mamá me parecía lo correcto.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Regalos de Navidad

Cualquier cosa, Recuerdos
por Isabel Batteria

Con los años me he dado cuenta que no hay que tratar de romperse la cabeza encontrando un regalo sustancial para cada persona de la vida. A veces, con una bolsita de merenguitos o una latita con chocolates uno queda más que bien. Con frecuencia, uno queda mucho mejor no regalando nada. Es mejor andar solo que mal acompañado, ¿no?

El mejor ejemplo: hace unos años, mi tía le regaló a mi mamá un libro. Mi tía pensó: “Pues, es una profesora de español, de seguro querrá un libro.” Buscó en su casa y le regaló una traducción de Danielle Steel (!) que yo la había visto leer ese mismo año una vez que habían hospitalizado a mi abuela. Esa es la misma tía que, cuando yo era pequeña, me regaló un suéter al que ella misma le había mal cosido una etiqueta de Saks Fifth Avenue. El suéter era bonito, no había necesidad de la falsa pretensión, pero ella es ella.

Hace dos años, le conseguí a mi mamá unos ‘bowls’ en Marshall’s que me parecieron bonitos. Pero a ella, no tanto. Cuando los vio, me dijo: “Mira, en verdad no creo que los use, mira a ver si los puedes devolver.” A mí sí me gustaban, así que me los quedé.

lunes, 8 de mayo de 2006

Por sobre el hombro

Recuerdos
por Isabel Batteria

Una historia para ti, Nicole Cecilia.

Cuando estudiaba el bachillerato, cogía todos los días la misma guagua a la misma hora, entre 6 y 6:30. Todos los días la cogía también un muchacho que, por su uniforme, supe que era mesero y supuse que se dirigía a Condado a trabajar a esa hora. Como la espera era larga e insoportable, yo leía o hacía tareas en la parada y en la guagua.

Una vez me di cuenta de que él cambiaba de asiento cuando yo entraba, para estar cerca de mí. Eventualmente, comenzó a sentarse siempre al lado mío. A veces miraba por encima de mi hombro, cosa muy fácil, para ver qué escribía. Una vez vencida esa flaca barrera de la privacidad, comenzó a tocarme el timbre cuando mi parada era la próxima. Yo aprovechaba y me tardaba más recogiendo o leía hasta el último segundo porque no tenía que preocuparme por estar pendiente a tocar el timbre. Yo me bajaba y él seguía su camino pensando en sabe dios qué.

Yo tenía novio y no me interesaba el muchacho. Es más, aquí estoy presumiendo cosas que a lo mejor ni eran ciertas; a lo mejor no le gustaba ni nada, sólo le parecía interesante la amistad silenciosa que teníamos. No sé si él alguna vez supo que yo sabía de sus atenciones. Coqueteé con la idea de escribir un cuento sobre nuestraa situación y dárselo en la mano cuando saliera de la guagua, pero nunca tuve tiempo. Una mezcla de que yo dejé de tomar la ruta a esa hora con tanta frecuencia y que no lo vi más después de un tiempo, nos separó.

Un día supe de él. Desde que abrieron el Macaroni Grill de Plaza las Américas lo veo, porque él es mesero allí ahora. Pero él no me recuerda. Es curioso que él era el que me prestaba atención a mí, pero soy yo quien lo recuerda.

miércoles, 18 de enero de 2006

10 años

Exhibicionismo, Recuerdos
por Isabel Batteria

Para conmemorar mi cumpleaños, comparto estas cuatro entradas a mi diario de cuando tenía 10 años.

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17/dic/91.

Querido Diario:

Hoy fue el intercambio de regalos del salón y me tocó regalarle a Provimar. Mara me regaló. Como ella sabía que yo tenía un pez Betta que se murió, pues me regaló uno color violeta. Le llamé Violeta.

Bueno: mami me está hablando para recoger la cama, así que… ¡No lo voy a hacer!

El otro día me espetaron un demérito por desordenar en el cambio de clase. Estábamos algunas nenas y casi todos los nenes. A todas las nenas menos a mí se lo perdonó. Ella dice que me estoy poniendo insoportable. Yo reconozco que desordené mucho, pero quisiera saber qué he hecho para estar insoportable.

20/dic/91.

Querido Diario:

Hoy fuimos a San Juan. Íbamos. Mami me iba a llevar, pero resulta que antes de salir estábamos conversando en la cocina y mi abuela me mira con una cara de infeliz y cuando le digo: Abuela, no me mires con esa cara de… mi mamá me interrumpió y yo le traté de explicar, pero, ¿me escuchó? ¡No! Nos fuimos hablando de eso. Cuando íbamos por el Escambrón mami chocó contra un jeep y me echó la culpa a mí. Dimos la vuelta y regresamos a la casa con un humor y hocico. Mami entró y salió de la casa tres veces. Mi abuela, por lo de la mirada, no habló conmigo en todo el día. Eso es todo lo trágico que ha sucedido en todo el trapo de día.

Martes, 28/ene/92.

Querido Diario:

La semana pasada le había dicho a mi papá que me llamara a las 7:30 PM los martes. Podrás imaginar que hoy me llamó.

Hoy sentí el filo de la espada del Zorro. No debo ser tan dramática, me vacunaron contra qué sé yo qué. Tuve que ser valiente y esperar con un par de lágrimas que me desinflaran las nalgas con aquel sable de tres pulgadas. Me echaron cuanto líquido hay para que no me doliera. He estado todo el día reposando en la cama. Leí y escuché Walkman. Pero no he pasado un solo minuto sin dolor de cabeza intenso. Ahora me voy a acostar y espero amanecer mejor. Avientôt.

21 de julio, 1992.

Querido Diario:

He estado curando una paloma con un ala rota hace aproximadamente un mes. Para cuando se curara la queríamos soltar en el Parque de las Palomas en San Juan porque habían más palomas y alimento. La llevamos hoy. Ya la he estado extrañando, pues cada vez que iba al patio me asomaba al vertedero donde estaba, pero ya no está. Cuando la soltamos, voló a una ramita y sentí que no necesitaba estudiar. Me sentí toda una veterinaria. Cuando la saqué del vertedero me dio un montón de picotazos y me dejó la mano grave, pero valió la pena. Me dejó un recuerdo: una plumita. Pena que no me dio tiempo para ponerle un nombre, pero al llegar al parque nos dimos cuenta que era hembra.

lunes, 21 de noviembre de 2005

Waiting

Recuerdos, Yo escribo
por Isabel Batteria

Joe solía decir que un día se haría el muerto para ver quién asistía a su velorio y quién no. Al final, se levantaría y los asustaría a todos. Well, Joe, it’s about time.

miércoles, 9 de noviembre de 2005

Bobadas en que pienso: Copilotaje y bolígrafos

Recuerdos
por Isabel Batteria

Cuando éramos pequeños, todos esperaban que escribiéramos con lápiz. Bueno, no sé los demás, pero así era en mi escuela. No sé si en todas las escuelas tiende a haber un grupito de chicas más sofisticadas (de ésas que llevan todo tipo de maquillaje a la escuela, aunque no lo puedan usar porque tienen 8 años) escribían con bolígrafo tan temprano como en segundo grado, pero era típico de ellas y de nadie más, una rareza. No fue hasta cuarto o quinto que a ninguno de mis maestros le importó con qué escribíamos, después que lo hiciéramos.

Cuando estaba en kinder, fui copiloto del Tío Nobel. (Grande fue mi desilusión cuando vi que el barquito en el que los copilotos se montaban era un panel plano de madera que movía un tipo por detrás.) Me regalaron el caballo de Rainbow Brite (que todavía me sobrevive), un six-pack de jugos Frutsi (que nunca volví a ver porque mi mamá no me permitía ingerir comidas con colorantes artificiales tan brillantes) y una bolsa llena de productos Paper Mate: correctores (los infames liquid papers de brochita que no sé cómo aún hay quien los compra), highlighters, gomas de borrar, bolígrafos, entre los cuales había uno maravilloso cuya tinta se borraba con una goma integrada (verdaderamente chipi)… Mi mamá nunca me dejó conservar nada de aquello por eso de que era muy chiquita para usarlos. Si hubiera sido Katy o Rose Mary, los hubiera podido usar en la escuela… De vez en cuando, exploraba la bolsa que ella guardó en una gaveta. Para ella, ese regalo debe haber sido una beca, pues de seguro no tuvo que comprarse efectos escolares por un año o dos.

lunes, 17 de octubre de 2005

Debut y despedida

Hace 20 años, cuando la casa estaba aún vacía, me dieron ganas de orinar. Mi mamá me dijo “Ve, estrénala”, y, rebosante de alegría, oriné por primera vez en lo que ya era mi casita. Entonces fui la primera, y sé que ahora fui también la última. Me quedé sentada más tiempo del necesario, grabando en mi mente el paisaje verde, tal y como lo vi la primera vez: el lavamanos del frente, la ducha, ya sin cortina, a la izquierda, el papel a la derecha, la palanca que no baja del todo. Mi cuarto fue azul, fue crema de mi abuela, fue rosado. La sala fue violeta, fue blanca (“bone white”, corregía mi mamá). El pasillo fue eternamente crema.

Esta mañana, antes de ir al trabajo, pasé por mi vieja casa. Sabía que los recogedores de basura debían haber pasado, puntuales, a las 5:30 a.m., pero tenía esperanzas. No quedaba nada de lo que había botado el día final. El piso parecía zona de emergencia. Desperdigados estaban los papeles y pequeñeces rotas que se escaparon de las cajas y nadie se dio el trabajo de recoger. Parecía un tapiz. Pude identificar la época a la que perteneció cada uno de los objetos que yacían. Eso era lo que quedaba de mi antigua vida. Basura desperdigada en la acera. Ahora hay que apechugar y seguir adelante.

domingo, 16 de octubre de 2005

Despedimos al patio y a los arcos, depuis 20 ans

A punto de apagar la última luz, mi mamá me dijo que se había despedido de la casa, sobre todo del patio, y me preguntó si me había despedido del patio. Le dije que sí, en la tarde. Le había dado una vuelta, admirando los nuevos retoños de palma. Antes, había tanto follaje en el patio que yo hacía casitas entre los árboles. Una gran porción de mi infancia la pasé entre los troncos, jugando hasta al Zorro, como cualquier niño de los cincuenta. Me dolió cuando talaron los árboles. La vecina vieja de arriba, la madre de “Los trofeos”, barría todos los días las hojas que caían de los árboles grandes a los que no le pudieron meter mano. Pero desde que ella se fue, nadie lo hizo más. De la palma caían cocos a diario. Mi cuarto daba al patio y a cada rato escuchaba en las noches algún coco caer como guanábana mientras yo pensaba en lo oportuno de que no hubiera nadie afuera en ese momento. Sobre las hojas en descomposición se posaban los cocos y nacieron de ellos pequeñas palmas, ahora medianas, fuertes y arraigadas. Este patio todavía tiene esperanzas, pensé entonces, qué pena que yo no lo vea reflorecer. Nunca me hubiera querido enterar luego de que la nueva dueña lo que quiere es demoler el edificio para hacer uno nuevo y más moderno. La gente ya no le tiene paciencia a los arcos de medio punto, a las paredes sólidas centenarias, a los quenepos, palmas y flamboyanes.

Cuando apagó la luz, dijo: “Bueno, ya.” Y añadió algo así como “se cierra este capítulo”. Vino donde mí y me abrazó. Lloramos un poquito. Siempre pensé que sería más fácil para ella, porque estaba acostumbrada a despedirse. Pero, ahora que lo pienso, ella nunca había dejado pasar tanto tiempo entre despedidas.

Cuando yo armaba casitas de muñecos con ladrillos sobre la tierra del patio, jamás se me hubiera ocurrido que me iría algún día. En las dos veces que estuve a punto de mudarme y las mil veces que mi mamá me dijo que me mudara, aun entonces lo veía tan distante, como algo que yo no necesariamente tenía que hacer. Cuando veía un apartamento de alquiler barato, en el fondo pensaba en mi mamá, no en mí. Yo podría quedarme en casa, criar a mis hijos y morir ahí.

Otra gente se va de sus casas y deja a su familia sin ningún miramiento. ¿Qué me falta a mí para hacerlo igual? Una casa es un pedazo de piedra gigante. Pero por muchos años guardé piedras en una canasta.

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