93
por Isabel Batteria

Hoy fue un buen día, ¿no? Mañana, ya veremos.

Hoy fue un buen día, ¿no? Mañana, ya veremos.
Cortar, editar, es doloroso. ¿No es cierto? Lo odio. Yo concebí un conjunto de palabras, lo gesté, lo parí. Me duele darle muerte con mi propia mano. Una explicación excesiva, una repetición, son para mí necesarias, porque yo soy de mucho hablar. Le doy explicaciones a los meseros, me excuso con los cajeros, me remonto al carajo para contar lo cercano. Nadie necesita diez hijos, con dos basta para tener la experiencia completa, pero no por eso matamos a los hijos extra. La piel sí es papel. Un texto se convierte en mi piel. Yo corto, de acuerdo, pero sepan que me duele. Hay que editar, lo admito, pero sepan que lo hago como un compromiso de escritor, así es este oficio, no como un gusto.
“Well I suppose there’s plenty to be sad about if you look around, but it makes me sore to have people always chopping at the suburbs. I’ve never understood why. When you go to the theater they’re always chopping at the suburbs but I can’t see that playing golf and raising flowers is depraved. The living is cheaper out here and I’d be lost if I couldn’t get some exercise. People seem to make some connection between respectability and moral purity that I don’t get.”
–John Cheever, Bullet Park
Habrá quien note un pelo corto blanco sobre mi camisa negra. Y me preguntará:
–¿Tienes un perro?
–No.
–¿Gato?
–No, ¿por qué?
–Un pelo blanco.
–Es de mi abuela.
El libro que he estado leyendo en estos días, un préstamo de biblioteca, tiene los restos aplastados de un insecto pegados a la carátula, en la parte de atrás, la parte que más reposa sobre mi cama, sobre mi falda y sobre mis manos. Ya había leído la mitad del libro, cuando me di cuenta de que había estado cometiendo adulterio con este bicho. Pero en vez de causarme el efecto más afín a mi personalidad, en vez de asquearme y obligarme a embadurnar mis manos constantemente con ese líquido transparente de moda, como cuando toco dinero o viajo en guagua, lo que ha hecho es intrigarme. Lo miro una y otra vez, como para asegurarme de que sigue ahí. Le pregunto la especie. Busco sus patas, único delator. Las patas fueron, de hecho, quienes me alertaron, después de mirar la marca, descartada inicialmente por mancha, con mayor detenimiento de lo usual.