lunes, 12 de noviembre de 2007

Mea la culpa

Ombudsman, Yo leo
por Isabel Batteria

Axel nos hace llegar en su último post de La Grannada un pedazo de un artículo de El País sobre la biblioteca de Cortázar. Si uno se emociona y se pone a leer el artículo completo, y lee lo siguiente de la susodicha biblioteca: “Más la de alguien que lee por puro placer que la de un profesional de nada: ni de la escritura ni, por supuesto, de la lectura.”, se da cuenta de que no existen los “guilty pleasures”, sino simplemente los “pleasures”.

¿No es ridículo sentirse culpable por pensar que En el tiempo de las mariposas es uno de los libros más emocionantes que he leído y que disfruto los libros sobre mujeres de otras culturas, como Sultana? ¿Negar mi romance con Stephen King?

¿No es un peo tener que soportar que haya quien le diga a uno cuáles escritores hay que leer y cuáles no?

No hay que dejarse amedrentar por “los que saben”, sino escuchar a los que saben. Hay que saber distinguirlos: los primeros vienen con imposiciones; los otros, con sugerencias. A “los que saben”, Julio y yo les sacamos la lengua.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

La tinta de los penepés sangra (aunque sea un poco)

Cualquier cosa
por Isabel Batteria

Anoche, le envié un correo electrónico a algunos senadores para que se opusieran a la enmienda a la constitución que prohibiría el matrimonio entre personas del mismo sexo. Como a la media hora, a las 11:30 p.m., me contestó McClintock. Me dijo que estaba en contra, y que gracias por compartir mi opinión con él. O al menos eso decía el mensaje que sospecho fue redactado como respuesta automática a todo el que le escribiera sobre el asunto.

Me recordó un suceso similar. Cuando me gradué de escuela superior, Rosselló era gobernador. Se le envió a los graduados una carta de felicitación por haber “logrado ese paso, bla bla bla”. Era una fotocopia; uno miraba el papel a contraluz y notaba que la tinta no sangraba. A manera de experimento, le contesté. Le agradecí el gesto y le dije que apoyara más la educación. Un alicate me contestó. Un alicate con destrezas artísticas, porque esta vez la firma de Rosselló (que es tan PNP que hasta los ojos y la piel los tiene azules, ¿se han fijado en el color azul grisáceo de su piel?) sí se ramificaba microscópicamente en el papel. La carta aludía a lo que yo había escrito.

Ambas experiencias me han enseñado algo: quizás por las deficiencias en todo lo demás, los penepés tienen mejores relaciones públicas que los demás. Uno quiere pensar que le hacen caso. Complacen en estas formas pequeñas para que uno se sienta bien y se olvide de las formas grandes en que nos clavan. Pero aun así, es una lección que los demás podrían aprender para fortalecer sus buenas causas.

martes, 6 de noviembre de 2007

En Santurce

Entre Taft y Diez de Andino
por Isabel Batteria

Mientras espero la guagua número uno, un hombre me pasa por el lado. Camiseta anaranjada, pelo anaranjado. Se parece a Donald Trump. Pero un Donald Trump acabado, como sería Donald Trump si no tuviera dinero y viviera en Puerto Rico. Cruzo los brazos sobre el pecho. Aun así, me mira. También me miran los obreros que trabajan en el local que fue la tienda de ropa punk hasta el viernes. Siempre me ha parecido que mirar mujeres es parte del “job description” de los obreros de construcción. Si están en un piso alto, protegidos de carterazos y ayudados por la miopía obligatoria de varios pisos de altura, es su deber gritarle a dichas mujeres.

Llega la guagua número uno; cuando llego a la parada donde tomaré la guagua número dos, el hombre de la camisa anaranjada y el pelo anaranjado está allí. Aparentemente, caminó hasta allá mientras yo esperaba. Trato de no hacer contacto visual, miro hacia abajo. Me recuesto de una columna lejana y leo.

Tomo la guagua número dos. Llego a mi destino. Resuelvo mi diligencia y, en una hora, comienzo el proceso inverso del regreso. Me monto en la guagua número dos, y sí, también en ella regresa Donald Trump. Temo que me confronte, que me acuse de seguirlo. La verdad, no me fijé si se bajó o cuándo; le perdí el rastro cuando me senté en la cocina de la guagua.

En la guagua número uno, me ofrecen un asiento, que no es de nadie de todos modos, a condición de ser cristiana. Pero esos son otros veinte pesos.