Viendo a la Primera Dama a unos metros de mí, se me ocurre que ella representa y sustituye al Gobernador más que el Secretario de Estado. Ella trae la esencia del tipo. A lo mejor tiene pegado a la camisa un pelo de su esposo; en su mejilla, rastros de saliva del beso de despedida. Comparte su cama con el Gobernador. Cuando acaba el día, conversan:
–Fui a esa premiación hoy.
–¿Te pusiste una camisa roja?
–Por supuesto.
–¿Qué tal estuvo?
–Muy bonita. El mensaje que me escribieron estaba muy bonito; todo el mundo aplaudiendo.
O quizás su conversación es diferente:
–Fui a la premiación esa hoy.
–Qué bueno que te vestiste con esa camisa roja. Total, nadie va a saber si es por el día del SIDA, por las Navidades o por el fuego popular.
–Sí, pero para la próxima, me pongo una camisilla debajo; casi se me sale una teta en la recepción.
–¿Qué tal estuvo?
–El discurso que me escribieron estaba medio corto. Tuve que hablar bien lento para que rindiera. Al final, sólo duró 15 minutos.
–Deja que los coja mañana.
–Mientras yo hablaba, había un cabrón mandándome a callar desde el público, unas niñas hablando y una loca tejiendo. Y las frutas de la recepción me dieron diarrea.