martes, 6 de noviembre de 2007

En Santurce

Entre Taft y Diez de Andino
por Isabel Batteria

Mientras espero la guagua número uno, un hombre me pasa por el lado. Camiseta anaranjada, pelo anaranjado. Se parece a Donald Trump. Pero un Donald Trump acabado, como sería Donald Trump si no tuviera dinero y viviera en Puerto Rico. Cruzo los brazos sobre el pecho. Aun así, me mira. También me miran los obreros que trabajan en el local que fue la tienda de ropa punk hasta el viernes. Siempre me ha parecido que mirar mujeres es parte del “job description” de los obreros de construcción. Si están en un piso alto, protegidos de carterazos y ayudados por la miopía obligatoria de varios pisos de altura, es su deber gritarle a dichas mujeres.

Llega la guagua número uno; cuando llego a la parada donde tomaré la guagua número dos, el hombre de la camisa anaranjada y el pelo anaranjado está allí. Aparentemente, caminó hasta allá mientras yo esperaba. Trato de no hacer contacto visual, miro hacia abajo. Me recuesto de una columna lejana y leo.

Tomo la guagua número dos. Llego a mi destino. Resuelvo mi diligencia y, en una hora, comienzo el proceso inverso del regreso. Me monto en la guagua número dos, y sí, también en ella regresa Donald Trump. Temo que me confronte, que me acuse de seguirlo. La verdad, no me fijé si se bajó o cuándo; le perdí el rastro cuando me senté en la cocina de la guagua.

En la guagua número uno, me ofrecen un asiento, que no es de nadie de todos modos, a condición de ser cristiana. Pero esos son otros veinte pesos.

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